El puñal En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano. Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina. Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre. En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres. A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles. |
domingo, 17 de abril de 2011
Borges Jorge L.
viernes, 15 de abril de 2011
La Montonera
La Montonera (Joan Manuel Serrat)
Con esas manos de quererte tanto
pintaba en las paredes 'Luche y Vuelve'
manchando de esperanzas y de cantos
las veredas de aquel 69...
Con esas manos de enjugar sudores,
con esas manos de parir ternura,
con esas manos, que volvieron la fe en la nueva primavera,
bordaba la esperanza montonera.
Con esas manos que pintabanla historia de celeste y blanco,
con esas manos de quererte tanto...
Cómo quiere usted que no andede acá pa' allá
cargando la primavera,
cayéndose y volviéndose a levantarla montonera.
Qué buen vasallo sería
si buen señor tuviera.
Y cómo quiere usted que no andede acá pa' allá
luchando la primavera,
cayéndose y volviéndose a levantar
la montonera.
Qué buen vasallo sería
si buen señor tuviera.
Joan Manuel Serrat
pintaba en las paredes 'Luche y Vuelve'
manchando de esperanzas y de cantos
las veredas de aquel 69...
Con esas manos de enjugar sudores,
con esas manos de parir ternura,
con esas manos, que volvieron la fe en la nueva primavera,
bordaba la esperanza montonera.
Con esas manos que pintabanla historia de celeste y blanco,
con esas manos de quererte tanto...
Cómo quiere usted que no andede acá pa' allá
cargando la primavera,
cayéndose y volviéndose a levantarla montonera.
Qué buen vasallo sería
si buen señor tuviera.
Y cómo quiere usted que no andede acá pa' allá
luchando la primavera,
cayéndose y volviéndose a levantar
la montonera.
Qué buen vasallo sería
si buen señor tuviera.
Joan Manuel Serrat
martes, 23 de febrero de 2010
Historias de esclavos
Publicadas en 1846, en los albores del nacimiento del periodismo moderno, estas dos crónicas de la cotidianeidad de los esclavos negros contienen ya el tono de indignación y denuncia que marcaría el devenir de los periódicos y su participación en la vida pública.
Hombres en venta
Elwood Harvey
Virginia, diciembre de 1846
Asistimos a la venta de un terreno y otras propiedades cerca de Petersburg, Virginia, y de repente presenciamos una subasta pública de esclavos, a quienes se les dijo que no los venderían. Los reunieron frente a los barracones, a la vista de la multitud ahí congregada. Después de liquidar la propiedad se escuchó la estrepitosa voz del subastador: “¡Traigan a los negros!”
Una sombra de desconcierto y de temor invadió su rostro al tiempo que se miraban unos a otros, y después a la multitud de compradores, cuya atención ahora estaba centrada en ellos. Cuando por fin cayeron en cuenta de la horrible certeza de su venta, y de que jamás volverían a ver a sus familiares y amigos, el efecto fue de una agonía indescriptible.
Las mujeres levantaron a sus bebés de un tirón y corrieron a sus chozas dando gritos. Los niños se escondieron detrás de los árboles y las barracas, y los hombres permanecieron de pie, mudos de desesperación. El encargado de la subasta se paró frente al pórtico de la casa y alineó a los “hombres y muchachos” para inspeccionarlos en el patio. Se anunció que no había ninguna garantía de sanidad por lo que los compradores mismos debían examinarlos. Algunos ancianos fueron vendidos por entre trece y veinticinco dólares. Resultaba doloroso ver a los viejos, doblados por años de arduo trabajo y sufrimiento, ponerse de pie para ser objeto del escarnio de brutales tiranos, y escucharlos hablar sobre sus enfermedades y su inutilidad, por temor a que los compraran los traficantes de esclavos del mercado del sur.
A un muchacho blanco de alrededor de quince años se le obligó a subir a la tribuna. Tenía el cabello castaño y lacio, el tono de su piel era exactamente el mismo que el del resto de las personas de tez blanca, y en su semblante no se percibía ningún rasgo negro. Se escucharon algunas bromas vulgares acerca del color de su piel y alguien ofreció doscientos dólares, pero el público opinó que “como primera oferta, la cifra no es suficiente por un muchacho negro tan capaz”. Varios comentaron que “no lo aceptaría ni regalado”. Otros dijeron que un negro blanco no valía los problemas que iba a ocasionar. Un hombre afirmó que estaba mal vender a gente blanca. Le pregunté si era peor que vender a gente negra. No respondió. Antes de ser vendido, la madre del joven salió apresuradamente de la casa al pórtico y, con un dolor frenético, gritó llorando: “Mi hijo. ¡Ay!, mi muchacho; van a llevarse a mi… ” Su voz se perdió, la empujaron con rudeza y cerraron la puerta detrás de ella. En ningún momento se interrumpió la venta y nadie entre los asistentes pareció sentirse afectado por la escena.
Temeroso de llorar frente a tantos extraños que no mostraban ningún signo de compasión o misericordia, el pobre muchacho se enjugó las lágrimas con las mangas. Se pagaron doscientos cincuenta dólares por él. Durante la subasta los gritos y lamentos provenientes de los barracones me partieron el corazón. Enseguida se llamó a una mujer por su nombre. Ella le dio a su hijo un último abrazo desesperado antes de dejarlo a cargo de una anciana y de manera mecánica se apresuró a obedecer el llamado; pero se detuvo, alzó los brazos, gritó y ya no se movió.
Uno de mis acompañantes me dio un golpecito en el hombro y me dijo: “Ven, vámonos; no aguanto más”. Nos fuimos. Nuestro cochero en Petersburg tenía dos hijos que pertenecían a la finca: hijos pequeños. Él obtuvo la promesa de que no los venderían. Le preguntamos si eran sus únicos hijos. Respondió: “Son los que me quedan de ocho.” A otros tres los vendieron al Sur y jamás volvió a verlos o a saber de ellos. ~
El castigo de una esclava
Samuel Gridley Howe
Traducción de Laura Emilia Pacheco
Nueva Orleáns, hacia 1846
He pasado diez días en Nueva Orleáns –confío en que no de poco provecho–examinando instituciones públicas: escuelas, asilos, hospitales, prisiones, etcétera. Con excepción de las primeras, hay pocas esperanzas de mejora. Ignoro cuánto mérito pueda haber en un sistema como el suyo, pero sé que en la administración del código penal existen abominaciones que le merecen a la ciudad el mismo destino que Sodoma. Howard o la señora Fry no precisan si alguna vez hallaron una guarida de ladrones con un manejo tan funesto como el de la cárcel de Nueva Orleáns.
En el bloque de los negros vi muchas cosas que me hicieron sentir vergüenza de ser blanco y que, por un momento, despertaron un espíritu maligno en mi naturaleza animal. Al entrar a un gran patio con pavimento, rodeado de galerías repletas de esclavos de todas edades, cualquier sexo y color, escuché el ruido seco de un látigo. Cada uno de sus golpes tenía el agudo restallar de una pistola. Me volví y presencié algo que me heló la médula y que, por primera vez en mi vida, me dio la sensación de que el cabello se me erizaba desde la raíz.
Una muchacha negra estaba acostada boca abajo sobre una plancha de madera. Tenía los pulgares amarrados, sujetos a un extremo, y los pies atados y tensados con fuerza al otro. Una correa le pasaba por la parte inferior de la espalda, la aseguraba a la tabla y la comprimía contra ella. De la correa para abajo estaba completamente desnuda. Parado a un costado, y como a dos metros de distancia, había un negro gigantesco con un látigo enorme que aplicaba con un poder atroz y una precisión asombrosa. Cada golpe desgarraba una tira de piel que se quedaba pegada al látigo o bien caía al pavimento trepidando, mientras brotaba la sangre.
La pobre criatura se retorcía y daba alaridos de dolor. Con una voz que mostraba su miedo a la muerte y su espantosa agonía, le gritó a su amo –que estaba de pie, en la cabecera: “¡Ay, perdóneme la vida! ¡No me arranque el alma!” Pero aún así sintió el horrible azote. Una tira de piel tras otra se desprendió; latigazo tras latigazo laceró su carne viva hasta quedar convertida en una masa lívida y sangrienta de tembloroso músculo desgarrado. Me costó un trabajo enorme no saltarle encima al torturador para detener su látigo, pero, ¡ay de mí!, ¿qué podía yo sino hacerme a un lado para ocultar mis lágrimas por quien sufría y el bochorno que me causaba la humanidad?
Esto ocurrió en una prisión pública y organizada de manera habitual. La ley reconocía y autorizaba ese castigo. Pero pensarán que la desdichada cometió una ofensa terrible, se le declaró culpable y se le sentenció al látigo. No fue así. Su amo la llevó para que el verdugo la azotara –sin juicio, juez ni jurado–, sólo porque él así lo quiso, o ante una mera señal suya, para castigar alguna ofensa –real o imaginaria–, o para gratificar su capricho personal o su mala intención. Y si así lo dictaba su voluntad, podía llevarla todos los días, sin que a ella se le asignara un proceso, y someterla a la cantidad de azotes que él quisiera, hasta veinticinco, siempre y cuando pagara una cuota. Pero si así lo deseaba, podía tener su propia tabla de azotes y brutalizarla él mismo.
Como ya dije, una parte horrible de ese espantoso castigo era su carácter público. Ocurrió en un patio rodeado de galerías retacadas de negros de ambos sexos: esclavos fugitivos, consignados por algún crimen o que estaban en venta. Como es natural, uno supondría que se apiñaron al frente y miraron, horrorizados, el brutal espectáculo que se desarrollaba abajo. Pero no, la mayoría apenas se percató y casi todos mostraron indiferencia. Continuaron con sus infantiles pasatiempos y algunos se rieron con franqueza desde las regiones más distantes de las galerías. Así de profundo puede hundirse el hombre –creado a semejanza de Dios– en la brutalidad. ~
Elwood Harvey
Samuel Gridley Howe
Traducción de Laura Emilia Pacheco
viernes, 19 de febrero de 2010
Buzzati Dino
El asalto al gran convoy
Arrestado en un callejón de la ciudad y condenado solamente por contrabando -porque tuvo la suerte de no ser reconocido- Gaspar Planetta, capitán de bandidos, permaneció tres años en prisión.
Al salir libre estaba muy cambiado. Consumido por la enfermedad, con una gran barba, parecía un viejo y no el famoso "capo brigante", el mejor tirador conocido, que no sabía errar un disparo.
Con sus cosas en una bolsa, se puso en camino hacia el Monte Fumo, su antiguo reino, donde suponía que debían estar sus compañeros.
Era un domingo de junio cuando se internó en el valle donde estaba su casa. Los senderos del bosque no habían cambiado: aquí afloraba una raíz: allá una piedra que recordaba perfectamente. Todo estaba igual que antes. Como era fiesta, la banda debía estar reunida en su casa. Al acercarse, Planetta oyó voces y carcajadas. La puerta, a diferencia de sus tiempos, estaba cerrada.
Golpeó dos o tres veces. Adentro se hizo un silencio. Después preguntaron:
-¿Quién es?
-Vengo de la ciudad -respondió- vengo de parte de Planetta.
Tenía pensado darles una sorpresa, pero en cuanto abrieron la puerta, se dio cuenta de que no lo reconocían. Sólo el viejo perro, el esquelético Tromba, le saltó encima con alegría.
Al principio sus antiguos compañeros, Cosimo, Marco, Felpa y también tres o cuatro desconocidos, lo rodearon, pidiéndole noticias de Planetta. Les contó que había conocido al jefe en prisión; dijo que Planetta sería liberado un mes más tarde y que, mientras tanto, lo había enviado a él para saber cómo marchaban las cosas.
Al rato, los bandoleros ya habían perdido todo interés en el recién llegado y lo dejaban con un pretexto cualquiera. Sólo Cosimo se quedó hablando con él, pero sin reconocerlo.
-¿Y qué piensa hacer cuando vuelva?
-¿Cómo qué piensa hacer? ¿Es que acaso no puede volver acá?
-Ah, sí, sí... yo no digo nada. Sólo estaba pensando en él. Las cosas aquí han cambiado mucho. Y él va a querer mandar todavía, se entiende... pero no sé...
-¿Qué es lo que no sabe?
-No sé si Andrea estará dispuesto... no va a querer. Por mí que vuelva, nosotros dos siempre nos llevamos bien.
Así supo Gaspare Planetta que el nuevo jefe era Andrea, uno de sus antiguos compañeros.
En ese momento se abrió la puerta de par en par y entró el propio Andrea, que se paró en medio del cuarto. Planetta recordaba un tipo alto y flaco. Ahora tenía delante una formidable estampa de forajido, con una cara dura y unos espléndidos bigotes. Tampoco lo reconoció.
-¿Ah sí? -dijo a propósito de Planetta- ¿Y cómo fue que no consiguió fugarse? No debe ser demasiado difícil. También a Marco lo metieron adentro, pero no llegó a estar ni seis días. Tampoco a Stella le resultó difícil evadirse. Y en cambio él, que era el jefe, precisamente él, no hizo buen papel.
-Es que ya las cosas no son como antes -repuso Planetta con una sonrisa burlona- Hay muchos guardias ahora, cambiaron las rejas, jamás nos dejaban solos. Y además él se enfermó.
Mientras hablaba se iba dando cuenta que lo habían dejado afuera, comprendía que un "capo brigante" no puede dejarse capturar y mucho menos permanecer encerrado tres a cuatro años como un desgraciado cualquiera, comprendía que estaba viejo, que ya no había lugar para él allí, que su tiempo había terminado.
-Me dijo -prosiguió con voz cansada- Planetta me dijo que había dejado aquí su caballo, un caballo blanco que se llama Polak, me parece, y que tiene un bulto detrás de la rodilla.
-Tenía, querrá decir, tenía... -dijo Andrea arrogante, comenzando a sospechar que era el propio Planetta el que tenía delante- Si el caballo se murió, no es culpa nuestra.
-Me dijo- continuó con toda calma Planetta- que también dejó aquí su ropa, una linterna y un reloj- y sonriendo sutilmente se acercó a la ventana para que todos pudieran verlo bien.
Y todos, en efecto, lo vieron, reconociendo en aquel viejo flaco lo que quedaba de su famoso jefe Gaspare Planetta, el mejor tirador conocido, que no sabía errar un solo tiro.
Sin embargo, ninguno habló. Tampoco Cosimo se atrevió a decir nada. Todos simularon no haberlo reconocido porque estaba presente Andrea, el nuevo jefe y lo temían.
Y Andrea hacía como si no pasara nada.
-Nadie ha tocado sus cosas -respondió Andrea- deben estar por ahí, en algún cajón. De la ropa, no sé nada. Probablemente alguien la usó.
-Me ha dicho- continuó imperturbable Planetta, aunque esta vez ya no sonreía- me ha dicho que dejó aquí su fusil, su escopeta de precisión.
-Su fusil está aquí -dijo Andrea- y puede venir por él cuando quiera.
-Me decía, siempre me decía: quién sabe qué trato le han dado a mi fusil, quién sabe en qué chatarra me lo encuentro convertido a mi regreso.
-Yo lo usé algunas veces- admitió Andrea con cierto tono de desafío- pero no creo que por eso se haya estropeado.
Gaspare Planetta se sentó sobre un banco. Se sentía afiebrado, cosa que solía pasarle; no mucho, pero lo suficiente para sentir la cabeza pesada.
-Dime -insistió, volviéndose a Andrea- ¿Me lo podrías dejar ver?
-Adelante -respondió Andrea, haciéndole señas a uno de los nuevos integrantes de la banda- Ve, ve a buscarlo.
Un momento después le entregaron el fusil a Planetta. Lo observó minuciosamente, con aire preocupado y poco a poco, mientras acariciaba el caño, pareció serenarse.
-Bien -dijo después de una larga pausa-... y también me dijo que dejó aquí las municiones. Lo recuerdo bien: seis medidas de pólvora y ochenta y cinco proyectiles.
-Adelante- ordenó Andrea secamente- Tráiganle todo. ¿Hay alguna otra cosa?
-Eso -dijo Planetta acercándose a Andrea con la mayor calma y sacándole de la cintura un puñal envainado- Todavía falta ésta. Su cuchilla de caza- y volvió a sentarse.
Corrió un largo y pesado silencio.
-Bien... buenas noches- dijo por fin Andrea para hacerle comprender a Planetta que la entrevista había terminado.
Gaspare Planetta levantó los ojos midiendo la poderosa corpulencia del otro.
¿Habría podido desafiarlo, enfermo y cansado como estaba? Se levantó lentamente, esperó que le dieran el resto de sus cosas, metió todas en la bolsa y se echó el fusil al hombro.
-Buenas noches, señores -dijo, encaminándose hacia la puerta.
Los hombres quedaron mudos, paralizados de estupor, porque jamás hubieran imaginado que Gaspare Planetta, el famoso "capo brigante" pudiera terminar así, permitiendo que lo mortificaran impunemente.
Sólo Cosimo consiguió emitir una voz extrañamente ronca:
-¡Adiós, Planetta! -exclamó, haciendo a un lado toda simulación-. ¡Adiós y buena suerte!
Planetta se alejó por el bosque, en medio de las sombra de la noche, silbando.
*
Eso le sucedió a Planetta, que ya no era más "capo brigante" sino solamente Gaspare Planetta, de Severino, del año cuarenta y ocho, sin residencia fija. Aunque, en realidad, dónde vivir tenía, una cabaña sobre el Monte Fumo, de troncos y piedra, en el medio del bosque, donde se refugiara una vez que lo perseguían los guardias.
Planetta llegó a su cabaña, encendió el fuego, contó el dinero que tenía (podía alcanzarle para algunos meses) y comenzó a vivir solo.
Pero una noche, mientras estaba sentado junto al fuego, se abrió de golpe la puerta y apareció un joven, con un fusil. Tendría unos diecisiete años.
-¿Qué pasa? -preguntó Planetta sin siquiera levantarse.
El muchacho tenía un aire desenfadado, se parecía a él, Planetta, una treintena de años antes.
-¿Está aquí la gente del Monte Fumo? Hace tres días que los busco.
El muchacho se llamaba Pietro. Explicó sin titubeos que quería unirse a la banda. Había vivido siempre vagabundeando y hacía años que tenía ese proyecto, pero como para ser bandolero debía contar por lo menos con un fusil, no había tenidos más remedio que esperar un poco; ahora había robado uno bastante bueno.
-Llegaste a buen lugar; yo soy Planetta.
-¿Planetta el capitán, quiere decir?
-El mismo.
-Pero, ¿no estaba en prisión?
-Allí estuve, por así decirlo -explicó irónicamente Planetta-. Estuve tres días: no tuvieron la suerte de retenerme por más tiempo.
El muchacho lo miró entusiasmado.
-¿Y ahora quieres que me quede contigo?
-¿Quedarte conmigo? -dijo Planetta- Está bien, por esta noche duerme aquí, mañana veremos.
Los dos vivieron juntos. Planetta no desengañó al muchacho, lo dejó creer que seguía siendo el jefe, le explicó que prefería vivir solo y encontrarse con los compañeros nada más que cuando era necesario.
El muchacho lo creía poderoso y esperaba de él grandes cosas. Pero pasaban los días y Planetta no hacía nada, a excepción de cazar un poco. El resto del tiempo lo pasaba siempre junto al fuego.
-Jefe -decía Pietro- ¿cuándo vamos a dar un golpe?
-Uno de estos días- respondía Planetta- Llamaré a los compañeros y te sacarás el gusto.
Pero los días siguieron pasando.
-Jefe- insistía el muchacho-. Supe que mañana pasará por el camino del valle un tal Francisco, que debe tener los bolsillos llenos.
-¿Un tal Francisco? -repetía Planetta sin demostrar interés- Lo conozco hace tiempo. Es un hombre astuto, un verdadero zorro: cuando viaja no lleva un solo escudo encima, de miedo a los ladrones.
-Jefe- decía el muchacho-. Supe que mañana pasan dos carros de buena mercadería. Todos cosas de comer. ¿Qué dice, jefe?
-¿De veras? -respondía Planetta- ¿Cosas de comer? - y dejaba languidecer el asunto, como si no fuera digno de él.
-Jefe- decía el muchacho- mañana es la fiesta de la ciudad y habrá mucho movimiento de gente, pasarán cantidad de carruajes y muchos regresarán de noche. ¿No tendríamos que intentar algo?
-Cuando hay gente -contestaba Planetta- más vale no hacer nada. Hay gendarmes por todos lados los días de fiesta. No hay que fiarse. Precisamente fue en un día de fiesta que me capturaron.
-Jefe -decía después de unos días Pietro- di la verdad, a ti te pasa algo. No tienes ganas de hacer nada. Ni siquiera de ir a cazar. No quieres ver a los compañeros. Debes estar mal, seguramente, ayer también tuviste fiebre. Siempre estás al lado del fuego. ¿Por qué no hablas claro?
-Puede que no esté bien- decía Planetta sonriendo- pero no es lo que tú piensas. Si quieres que te los diga, así por lo menos me dejas tranquilo, es una estupidez fatigarse para embolsarse algunas pocas monedas. Si hago algo, quiero que valga la pena. Bien: he decidido esperar al Gran Convoy.
Se refería al Gran Convoy que una vez al año, precisamente el 12 de setiembre, llevaba a la capital un cargamento de oro, todo lo recaudado por concepto de impuestos en las provincias del sur. Avanzaba entre sonidos de cuernos a lo largo del camino principal, custodiado por guardia armada. El Gran Convoy Imperial con el gran carro de hierro, todo lleno de monedas metidas en sacos. No había bandolero que no soñara con él en las noches tranquilas, pero desde hacía cien años nadie había logrado asaltarlo impunemente. Trece bandidos habían muerto, veinte estaban en prisión. Ya nadie pensaba en el Gran Convoy en serio; año tras año la recaudación de impuestos se hacía más grande y la escolta armada era reforzada. Iban soldados adelante y atrás, patrullas a caballo a los lados; los cocheros, los jinetes y los servidores, todos armados. Lo precedía una especie de avanzada con trompeta y bandera. Después venían veinticuatro guardias a caballo, armados con fusiles, pistolas y espadones, y enseguida el carro de hierro con la insignia imperial en relieve tirado por dieciséis caballos. Otros veinticuatro soldados en la retaguardia, otros doce a los lados. Cien mil ducados de oro, mil onzas de plata, destinados a la casa imperial.
El Convoy pasaba a galope cerrado. Luca Toro, cien años antes, había tenido el coraje de asaltarlo y le había ido milagrosamente bien. Era la primera vez: la escolta se asustó y Luca Toro pudo huir a Oriente y darse la gran vida.
Otros bandoleros lo habían intentado: Giovanni Borro, para nombrar algunos, el Tedesco, Sergio de Topi, el Conde y el Jefe de los treinta y ocho. Todos, a la mañana siguiente, aparecieron al borde del camino con la cabeza partida.
-¿El Gran Convoy? -preguntó el muchacho maravillado- ¿De veras quieres arriesgarte?
-Sí, quiero arriesgarme. Si lo logro, estoy hecho para siempre.
Eso dijo Gaspare Planetta, pero estaba lejos de pensarlo. Aun contando con una veintena de hombres habría sido una locura... ¡cuánto más solo!
Lo había dicho por bromear, pero el muchacho se lo había tomado en serio y miraba a Planetta con admiración.
-Dime- preguntó-... ¿y cuántos seríamos?
-Quince, por lo menos.
-¿Y para cuándo?
-Hay tiempo -respondió Planetta-. Tengo que hablar con mi gente. Esto no es cosa de juego.
Pero los días siguieron pasando y los bosques empezaron a ponerse rojos. El muchacho esperaba con impaciencia. Planetta no lo desengañaba y en las largas noches que pasaban junto al fuego, discutía el gran proyecto y se divertía también él. Y en algunos momentos él mismo llegaba a creer que era verdad.
*
El 11 de septiembre, el día de la víspera, el muchacho estuvo afuera hasta la noche. Regresó con una cara sombría.
-¿Qué pasa? - preguntó Planetta, sentado como de costumbre junto al fuego.
-Por fin me encontré con tus compañeros.
Se hizo un largo silencio y se oyó el restallar del fuego. También se escuchaba la voz del viento que soplaba en el bosque.
-Y bien... -preguntó Planetta con tono que quería parecer divertido- ¿Te lo dijeron todo?
-Seguro. Me lo contaron todo.
-Bien- añadió Planetta y se hizo otra pausa en el cuarto iluminado tan sólo por el fuego.
-Me dijeron que me fuera con ellos, que hay mucho trabajo.
-Entiendo- aprobó Planetta- Sería una tontería no ir.
-Jefe -dijo entonces Pietro con voz casi llorosa- ¿por qué no me dijiste la verdad? ¿Por qué tantas historias?
-¿Qué historias? -dijo Planetta, que hacía esfuerzos por mantener su habitual tono alegre-. ¿Qué historias te he contado yo? Te dejé creer, no te quise desengañar, eso fue todo.
-No es verdad -repitió el muchacho-. Me retuviste aquí con falsas promesas, sólo por atormentarme. Mañana, bien lo sabes...
-¿Qué pasa mañana? -preguntó Planetta, otra vez tranquilo- ¿Te refieres al Gran Convoy?
-Eso mismo. ¡Y yo que te creí! Aunque tenía que haberme dado cuenta, enfermo como estás... No sé como hubieras podido... -Pietro se calló por algunos segundos y después, en voz baja, anunció:
-Mañana me voy.
*
Pero el otro día, Planetta fue el primero en levantarse. Se vistió de prisa sin despertar al muchacho y tomó el fusil. Recién cuando llegaba al umbral Pietro se despertó.
-Jefe -dijo, llamándolo así por la fuerza de la costumbre-. ¿Adónde vas a esta hora, se puede saber?
-Sí señor, se puede saber -respondió Planetta sonriendo-. Voy a esperar al Gran Convoy.
Pietro ni siquiera se molestó en responder. Se limitó a darse vuelta en la cama, como para hacerle ver que ya estaba cansado de aquella estúpida historia.
Pero está vez no era sólo una historia. Para cumplir una promesa que había hecho en broma, se disponía a asaltar el Gran Convoy. Ya lo habían fastidiado bastante sus compañeros; por lo menos, que aquel muchacho supiera quién era Gaspare Planetta. Pero, no... no era el muchacho lo que le importaba. En el fondo, lo hacía por él mismo, para sentirse el de antes, aunque fuera por última vez.
Probablemente nadie lo vería y hasta quizá, si lo mataban enseguida, nadie lo supiera jamás, pero es no tenía importancia. Era un asunto personal con el poderoso Planetta de antes. Una especie de apuesta a favor de una empresa desesperada.
Pietro dejó que Planetta se fuera. Pero después le asaltó una duda. ¿No se propondría de veras Planetta llevar a cabo el asalto? A pesar de que le parecía una idea absurda, Pietro se levantó y salió a averiguar. Muchas veces Planetta le había mostrado el sitio ideal para esperar al Gran Convoy, y hacia allí se dirigió.
El día ya había amanecido pero el cielo estaba cubierto por largas nubes de tormenta. La luz era clara y grisácea. De tanto en tanto se oía el canto de un pájaro. En los intervalos, se escuchaba el silencio.
Pietro corrió por el bosque hacia el fondo del valle, donde pasaba el camino principal. Avanzaba con prudencia entre los matorrales en dirección a un grupo de castaños, donde seguramente se encontraba Planetta.
Allí estaba, en efecto, escondido detrás de un tronco y se había hecho un pequeño parapeto de ramas para que no lo pudieran ver. Se había apostado sobre una especie de colina que dominaba una brusca vuelta del camino: una fuerte subida que obligaba a los caballos a andar más despacio. Todo lo que pasara por allí se convertía en un blanco fácil.
El muchacho miró la llanura del sur que se perdía en el infinito, cortada en dos por el camino. Allá, en el fondo, vio una polvareda que se movía, avanzaba por el camino: era el polvo que levantaba el Gran Convoy.
Planetta estaba colocando el fusil con la mayor calma, cuando oyó que algo se agitaba cerca de él. Se volvió y vio a Pietro con su fusil en el árbol vecino.
-Jefe- dijo Pietro jadeando- Planetta, tienes que salir de aquí. ¿Te has vuelto loco?
-Chitón- respondió sonriendo Planetta-. Que yo sepa, no estoy loco. Vete de aquí enseguida.
-Estás loco, te digo. Crees que van a venir tus compañeros, pero no vendrán, me lo han dicho, nunca pensaron venir.
-Vendrán, por Dios que vendrán, sólo es cuestión de esperar un poco. Tienen la manía de llegar siempre tarde.
-Planetta -suplicó el muchacho-. Hazme el gusto, sal de ahí. Era sólo una broma, nunca he pensado dejarte.
-Lo sé, lo sé -rió bonachonamente Planetta-. Pero ahora basta, vete, te digo. Este no es lugar para ti.
-Planetta- insistió el muchacho-. ¿No ves que es una locura? ¿Qué puedes hacer tú solo?
-Por Dios, vete de una vez -gritó con voz ahogada Planetta, que ya no razonaba-. ¿No te das cuenta de que vas a echarlo todo a perder?
En ese momento se comenzaba a distinguir, en el fondo del camino principal, los soldados que escoltaban el Gran Convoy, el carro, la bandera.
-¡Por última vez, vete! -repitió, furioso, Planetta. El muchacho, reaccionando por fin, empezó a arrastrarse entre el pastizal hasta que desapareció.
Planetta escuchó los cascos de los caballos, dio una ojeada a las grandes nubes de plomo, vio tres o cuatro cuervos en el cielo. El Gran Convoy ahora avanzaba despacio, iniciando la subida.
Planetta tenía ya el dedo en el gatillo cuando advirtió que el muchacho regresaba, arrastrándose, y se apostaba otra vez detrás del árbol.
-¿Viste? -susurró Pietro-. ¿Viste cómo no vinieron?
-Canallas -murmuró Planetta sin mover ni siquiera la cabeza y esbozando una sonrisa-. ¡Canallas! Es demasiado tarde para retroceder. ¡Atención, muchacho, que ahora comienza lo bueno!
Trescientos. Doscientos metros. El Gran Convoy se acercaba. Ya se distinguía la gran insignia en relieve sobre los lados del carro, se oían las voces de los soldados que conversaban entre ellos.
Recién entonces el muchacho tuvo miedo. Comprendió que estaba embarcado en una empresa disparatada, de la que no se podía escapar.
-¿Viste que no vinieron? Por caridad, no dispares.
Pero Planetta no se conmovió.
-¡Atención! -murmuró alegremente, como si no lo hubiera oído-. ¡Señores, la función va a comenzar!
Planetta ajustó la mira, su formidable mira que no podía fallar. Pero en aquel instante sonó un disparo del otro lado del valle.
-¡Cazadores! -comentó el "capo brigante", divertido, mientras resonaba un terrible eco-. No son más que cazadores. ¡Nada de miedo, eh! Cuánto más confusión, mejor.
Pero no eran cazadores. Gaspare Planetta oyó un gemido. Volvió la cabeza y vio al muchacho que soltaba el fusil y se desplomaba sobre la tierra.
-¡Me hirieron, Planetta! ¡Oh, mama!
No habían sido cazadores los que habían disparado, sino los soldados de la escolta encargados de adelantarse al Convoy para evitar una emboscada. Eran todos expertos tiradores, seleccionados en los combates. Tenían fusiles de precisión.
Uno de ellos, mientras escrutaba el bosque, había visto al muchacho moverse entre los árboles y tenderse después al lado del viejo bandolero.
Planetta lanzó una blasfemia. Se fue levantando con precaución hasta quedar de rodillas, disponiéndose a socorrer al compañero. Sonó un segundo disparo. El proyectil atravesó el valle bajo las nubes tormentosas y después empezó a descender de acuerdo a las leyes de la balística. Había sido dirigido a la cabeza, pero en cambio entró en el pecho, cerca del corazón.
Planetta cayó de golpe. Se hizo un gran silencio, como jamás había oído. El Gran Convoy se había detenido. El temporal no terminaba de desatarse. Los cuervos estaban allá, en el cielo. Todos se mantenían expectantes.
El muchacho volvió la cabeza y sonrió:
-Tenía razón -balbuceó-. Al final vinieron, los compañeros. ¿Los viste, jefe?
Planetta no respondió, pero haciendo un supremo esfuerzo, miró en la dirección indicada.
Detrás de ellos, en un claro del bosque, habían aparecido una treintena de jinetes con el fusil en bandolera. Parecían diáfanos como una nube y sin embargo se distinguían netamente sobre el fondo oscuro de la floresta. Por sus divisas absurdas y sus caras bravías, se hubiera dicho que eran bandidos.
En efecto, Planetta los reconoció enseguida. Eran sus antiguos compañeros, los bandoleros muertos que venían por él. Rastros curtidos por el sol y atravesados por largas cicatrices, horribles mostachos, barbas sacudidas por el viento, ojos duros y clarísimos, espuelas inverosímiles, grandes botones dorados, caras simpáticas, polvorientas de tanto combatir.
Ahí estaba el buen Paolo, lento de entendederas el pobre, muerto en el asalto del Mulino; Pietro del Ferro, que jamás había conseguido aprender a cabalgar; Giorgio Pertica; Frediano, muerto de frío... todos los buenos y viejos compañeros, que había visto morir uno a uno.
¿Y ese facineroso de grandes bigotes y un fusil casi tan largo como él, montado en el caballo blanco y flaco, no era el Conde, el famoso bandolero también caído por causa del Gran Convoy? Sí, era él, el Conde, con el rostro iluminado de cordialidad y satisfacción. ¿Y acaso se equivocaba Planetta o el último de la izquierda que se mantenía erguido y orgulloso, era el propio Marco Grande en persona, ahorcado en la capital en presencia del Emperador y de cuatro regimientos de soldados? Marco Grande, cuyo nombre, cincuenta años después todavía se pronunciaba en voz baja... Sí, también había venido para honrar a Planetta, el último valiente y desafortunado capitán.
Los bandidos muertos estaban silenciosos, evidentemente conmovidos, pero llenos de una común felicidad. Esperaban que Planetta hiciera algo.
Y Planetta (lo mismo que el muchacho) se levantó, ya no de carne y hueso como antes sino transparente como los otros y, sin embargo, idéntico a sí mismo.
Lanzando una mirada sobre su pobre cuerpo que yacía en el suelo, Planetta se encogió de hombros, como para convencerse de que ya no importaba nada de eso y se dirigió al claro, indiferente a los posibles disparos. Avanzó hacia los viejos compañeros, feliz.
Estaban por comenzar los saludos particulares, cuando en primera fila advirtió un caballo ensillado a la perfección y sin jinete. Instintivamente se acercó sonriendo.
-Por casualidad -dijo, maravillado por el tono extrañísimo de su nueva voz- ¿no será Polak este caballo?
Era Polak, de verdad, su caballo. Al reconocer a su dueño lanzó una especie de relincho (es necesario definirlo así, porque la voz de los caballos muertos es mucho más dulce que la que conocemos). Planetta le dio dos o tres palmadas afectuosas y desde ya empezó a saborear la delicia de la próxima cabalgata, junto a sus fieles amigos, hacia el reino de los bandoleros muertos que si bien no conocía, era legítimo imaginar lleno de sol, acariciado por un aire de primavera, con largos caminos blancos y sin polvo, que seguramente conducían a milagrosas aventuras. Apoyando la mano izquierda sobre la silla, como si se dispusiera a montar, Gaspar Planetta habló.
-Gracias, muchachos -dijo, tratando de no dejarse dominar por la emoción-. Les juro que... -y se interrumpió al recordar a Pietro, que también transformado en sombra se mantenía apartado, con el embarazo que produce estar entre personas que recién se conoce. -Perdona- le dijo Planetta- Este es un bravo compañero- agregó dirigiéndose a los bandoleros muertos-. Tenía tan sólo diecisiete años. Hubiera sido todo un hombre.
Los bandidos muertos sonrieron y bajaron levemente la cabeza en señal de bienvenida.
Planetta calló y miró a su alrededor, indeciso. ¿Qué debía hacer? ¿Irse con sus compañeros, dejando al muchacho solo? Volvió a dar dos o tres palmadas al caballo, hizo como que tosía y le dijo a Pietro.
-Bien, ¡adelante! ¡Monta en mi caballo! Es justo que te diviertas. ¡Vamos, vamos, nada de historias! -agregó con fingida severidad, viendo que el muchacho no se animaba a aceptar.
-Si realmente quieres... -exclamó Pietro por fin, evidentemente halagado. Y con una agilidad que jamás hubiera supuesto, dada la poca práctica que tenía en materia de equitación, el muchacho saltó sobre la silla.
Los bandoleros agitaron los sombreros, saludando a Gaspare Planetta. Alguno guiñó un ojo, como diciendo "hasta la vista". Todos espolearon los caballos y partieron al galope.
Se alejaron como disparados entre los árboles. Era maravilloso ver cómo se lanzaban en lo más intrincado del bosque y lo atravesaban sin que su marcha se viera entorpecida en ningún momento. Los caballos tenían un galope suave y hermoso de ver. El muchacho y algunos de los bandidos todavía agitaban el sombrero.
Planetta, que había quedado solo, dio una ojeada en torno. Su inútil cuerpo seguía al pie del árbol. Parecía seguir mirando hacia el camino.
El Gran Convoy estaba todavía detenido más allá de la curva y por eso no era visible. En el camino sólo se veían seis o siete soldados de la escolta que miraban en dirección a Planetta. Aunque parezca increíble, habían visto toda la escena: las sombras de los bandidos muertos, los saludos, la cabalgata. Nunca se sabe lo que puede pasar en ciertos días de septiembre, bajo las nubes de tormenta.
Cuando Planetta, que había quedado solo, se volvió, el capitán del pequeño destacamento se dio cuenta que era observado. Entonces se irguió y saludó militarmente, como se saluda entre soldados.
Planetta le devolvió el saludo tocándose el sombrero, con un gesto de familiaridad pero lleno de hidalguía y sonrió. Después se encogió de hombros, por segunda vez en el día. Se apoyó en la pierna izquierda, dio la espalda a los soldados, hundió las manos en los bolsillos y se alejó silbando, sí señor, una marchita militar, en la misma dirección por la que habían desaparecido sus compañeros.
Iba hacia el mundo de los bandoleros muertos, que si bien no conocía, era lícito suponer mejor que éste. Los soldados lo vieron hacerse cada vez más pequeño y diáfano; su aspecto de viejo contrastaba con su paso ágil y rápido, el mismo paso alegre y despreocupado que tienen los muchachos de veinte años, cuando son felices.
FIN
Lorrain Jean
Historia de la criada Gudule
La señora de Lautréamont ocupaba la casa más bella de la ciudad; era el antiguo edificio de la Dirección General de Impuestos, construido en tiempos de Luis XV (¡casi nada!), y cuyas altas ventanas, decoradas de emblemas y conchas, eran la admiración de todo el que pasaba por la plaza mayor los días de mercado. Era un gran cuerpo de edificio, flanqueado por dos pabellones laterales unidos por una gran verja: el patio de honor con el jardín más bello del mundo se hallaba detrás del edificio principal. Descendía de terraza en terraza, hasta los bordes de las murallas, dominaba treinta leguas de campiña y, con la más bella disposición estilo XV, albergaba en sus bosquecillos estatuas licenciosas, todas más o menos atormentadas por las diabluras de las Risas y el Amor.
Por lo que respecta a los apartamentos, estaban revestidos de paneles esculpidos del más encantador efecto, adornados con espejos, y los parquets de toda la planta baja, curiosamente incrustados de maderas de las Islas, relucían como espejos. La señora de Lautréamont, que sólo ocupaba el edificio principal, había alquilado los pabellos de los laterales a sólidos inquilinos y obtenía de ellos buenas rentas; no había nadie que no deseara vivir en el edificio de Lautréamont, y era el sempiterno tema de las conversaciones de la ciudad.
¡La señora de Lautréamont! Había nacido con las manos llenas y siempre había tenido suerte: un marido constituido como un hércules, dispuesto a concederle todos los caprichos y que le permitía vestirse en París, en casa de un gran modisto; dos hijos que había colocado bien: la hija casada con un procurador del rey, y el hijo ya capitán de artillería o a punto de serlo; la casa más bella del departamento, una salud que la mantenía aún fresca y, desde luego, deseable a los cuarenta y cinco años y, para atender esta mansión principesca y esta salud casi indecente, una criada de las que ya no hay, el fénix, la perla de las criadas, toda la abnegación, todas las atenciones, toda la lealtad encarnadas en la criada Gudule.
Gracias a esta mujer maravillosa, la señora de Lautréamont tenía suficiente con tres domésticos, un jardinero, un lacayo y una cocinera para atender su inmensa mansión por la cantidad de sesenta mil libras. Era, sin duda, la casa más limpia de la ciudad: ni un grano de polvo sobre el mármol de las consolas, parquets peligrosos a fuerza de encerados, antiguos espejos ahora más claros que el agua de los manantiales, en todas partes, en todos los apartamentos, un orden, una simetría que hacía que el antiguo edificio de la Dirección General de Impuestos fuera citado como la primera casa de la provincia, con la frase ya consagrada para referirse a una vivienda muy cuidada: «Se diría que estamos en casa de los Lautréamont.»
El alma de aquella sorprendente mansión era una criada solterona de mejillas aún frescas, de ojillos ingenuos y azulados y que, de la mañana a la noche, con el plumero o la escoba en la mano, seria, silenciosa, activa, no cesaba de frotar, cepillar, quitar el polvo, hacer brillar y relucir, enemiga declarada del más mínimo átomo de polvo. Los demás empleados la temían un poco: la de Gudule era una vigilancia terrible. Consagrada por completo a los intereses de sus patrones, no escapaba nada a sus pequeños ojos azules; siempre presente además en la casa, pues la solterona no salía nada más que para asistir a los oficios religiosos los días festivos y los domingos, bastante poco devota, por lo demás, y de ninguna forma asidua a la misa de las seis, pretexto diario para poder salir empleado por todas las viejas criadas.
En la ciudad no cesaban los elogios hacia aquel modelo de sirvientas y todos le envidiaban a la señora de Lautréamont su criada. Algunas almas poco delicadas no tuvieron escrúpulo incluso en intentar quitársela. Le habían ofrecido puentes de oro a Gudule, pues la vanidad había intervenido y en la sociedad incluso se habían hecho apuestas para ver quién lograba quitarle a la patrona a aquella pobre mujer; pero todo fue en vano. Gudule, de una fidelidad propia de otros tiempos, hizo oídos sordos a todas las proposiciones, y la felicidad insolente de la señora de Lautréamont se prolongó hasta el día en que la vieja criada, gastada, extenuada de trabajar, se apagó como una lámpara sin aceite, en su pequeña y fría buhardilla, justo por debajo del tejado, donde la señora de Lautréamont -hay que decirlo en su honor-, permaneció instalada durante tres días.
La criada Gudule tuvo la alegría de morir teniendo a su amada patrona a su cabecera. Los Lautréamont le hicieron un entierro adecuado. El señor de Lautréamont presidió el duelo; Gudule tuvo su concesión en el cementerio, flores frescas sobre su tumba al menos durante ocho días, y luego no hubo más remedio que reemplazarla.
Reemplazarla, no, porque eso era algo imposible, pero al menos introducir en la mansión a una mujer que ocupara su puesto. Amas de llaves se encuentran, y después de algunos intentos desafortunados, la señora de Lautréamont creyó al fin poder felicitarse por haber encontrado una mujer de confianza y de gran honradez. La señorita Agathe reinó a partir de aquella fecha en la antigua Dirección General de Impuestos. Era una persona algo corpulenta, de busto prominente que, afanada, gesticulante, discurría por todos los rincones, con un manojo de llaves a la cintura, un delantal de muaré y aires de señorita Rodomont. Su trabajo no era precisamente silencioso, y de la mañana a la noche se pasaba gritándole a los demás empleados; y la vieja mansión, tan tranquila y muda en tiempos de Gudule, era ahora ensordecedora. Pero es que la señorita Agathe sabía hacerse respetar, eso era todo; daba informes diarios acerca del recibidor o la cocina, o discutía con la cocinera; y la señora de Lautréamont terminó por dejarse engañar por aquellas manifestaciones de ruidosa abnegación.
¡Ah! ya no era el servicio de Gudule, aquel servicio invisible y silencioso que habríase dicho ejecutado por una sombra; aquellas atenciones delicadas y algo recelosas de una abnegación que se ocultaba; aquella constante vigilancia; aquellas minucias de solterona que adoraba la casa de sus patrones, especie de culto de devota por su parroquia, y todo aquel fervor doméstico que antaño difundía por la casa de los Lautréamont algo similar a un aroma de altar.
Ahora había motas de polvo sobre el mármol de las consolas; los antiguos espejos de los salones ya no eran como el agua transparente de los manantiales, ni los parquets era ya como espejos; pero la costumbre tiene tal fuerza y Gudule había creado tal leyenda que aún se seguía citando la antigua Dirección General de Impuestos con las habituales reflexiones sobre la casa más cuidada del departamento.
Y ocurrió que a unos seis meses de aquello (era mediados de noviembre y Gudule había fallecido en marzo), una noche, la señora de Lautréamont despertó bruscamente al señor de Lautréamont y con una voz algo cambiada, sin encender siquiera la lámpara: «Héctor -le dijo- ¡qué extraño! ¡escuche! parece la forma de barrer de Gudule.»
El señor de Lautréamont, de bastante mal humor, y como hombre medio dormido, refunfuñó diciendo que estaba loca; pero una gran emoción dominaba a la señora de Lautréamont y la sacudía con tal temblor, que aquel modelo de maridos terminó por despertarse y prestar atención a las divagaciones de su esposa. «Le aseguro que hay alguien ahí -decía- en el rellano del primer piso, delante de la puerta de nuestro dormitorio. Oigo pasos, pero ¿por qué ese ruido de escoba? Espere, ahora se aleja, barre al fondo del vestíbulo. Le aseguro que es su forma de barrer: la conozco bien.» La señora de Lautréamont no se atrevía siquiera a pronunciar el nombre de la antigua criada, y el señor de Lautréamont, comprendiéndola, dijo: «¡De verdad que esa chica sigue dándole vueltas en la cabeza! Está soñando despierta, querida amiga, le aseguro que no hay nada; el aire está tan tranquilo que no se oye siquiera una hoja removerse. Es que no puede digerir la cena. ¿Quiere que le prepare una taza de te?»
Pero, movida como por un resorte, la señora de Lautréamont, temblando, se había levantado y, corriendo descalza por el dormitorio, iba a entreabrir la puerta. La volvió a cerrar con un grito horroroso. De un salto el señor de Lautréamont se encontraba junto a ella, y sin comprender aquella especie de locura, la trasladaba casi inanimada a un sofá en el que se dejaba caer y permanecía durante unos minutos sin poder hablar; recuperaba por fin la voz y en el dormitorio ahora ya iluminado decía: «¡Es ella! la he visto como lo estoy viendo a usted; estaba ahí, barriendo y frotando el parquet del vestíbulo, con el vestido de estameña que le conocimos, con un gorro como cuando vivía, pero tan pálida, tan lívida! ¡Ah! ¡qué cara de cementerio! Habrá que ofrecer misas por su alma, amigo mío!» El señor de Lautréamont calmaba a su mujer como podía pero no permanecía menos inquieto y pensativo: se han visto cosas aún más misteriosas.
La noche siguiente, la alucinación de la señora de Lautréamont se repetía. Temblando, con los dientes apretados por el terror, oía esta vez a la criada fallecida encerar, frotar el rellano moviendo rápidamente sus pies provistos de cepillos. ¿El miedo será contagioso? En el silencio de la gran mansión dormida el señor de Lautréamont oía esta vez el ruido y pese a que su mujer se asía fuertemente a su brazo por el pánico, iba intrépidamente a abrir la puerta y miraba.
Todo el vello se le erizó sobre la piel sudorosa: la silueta desbaratada de la criada difunta se agitaba como una marioneta fúnebre, en mitad del vestíbulo desierto, la ventana que iluminaba la escalera, la bañaba con un resplandor de luna y, en el rayo luminoso y azul, la muerta pasaba y volvía a pasar, cepillando, frotando, presa de una febril agitación; habríase dicho que realizaba un trabajo impuesto a una condenada, y el señor de Lautréamont, cuando ella pasaba por delante de él, vio claramente gotas de sudor sobre su cráneo ya pulido. Volvía a cerrar la puerta bruscamente, aterrorizado y convencido. «Tiene razón -decía simplemente al volver junto a su esposa-: habrá que encargar algunas misas por esta mujer.»
Se celebraron diez misas por la difunta, diez misas rezadas a las que asistieron el señor y la señora de Lautremont con todos sus empleados, y Gudule no volvió a realizar el trabajo de la señorita Agathe durante las claras noches de noviembre.
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